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Hace unos días me tocó, junto a representantes de embajadas de la Unión Europea, acompañar al joven marino Mauricio Ruiz en su acto de sinceramiento público sobre su condición homosexual. Porque eso es la homosexualidad, una condición, no es una opción.

 

El reconocimiento fue simbólico por varios motivos.

 

Primero, fue valiente y sincero, liberador como ser humano. Ruiz asumió vitalmente que “no tiene sentido ser homosexual y vivir escondido; me gustaría asistir a la fiesta de mi repartición con mi pareja, como lo hace todo el mundo”. Con tal gesto se liberó de la enorme “mochila” existencial que históricamente ha significado vivir la homosexualidad con un dejo de intima vergüenza.

 

Segundo, el marino se convirtió en el primer miembro activo de las Fuerzas Armadas en reconocer públicamente ser homosexual. Sus palabras se escucharon serenas, asegurando no sentirse cuestionado ni por sus pares ni por los altos mandos de la Armada. Estos últimos incluso le autorizaron su reconocimiento ante los medios de comunicación. El Ministerio de Defensa, en otro gesto relevante, destacó la creación de una comisión para erradicar la discriminación en las Fuerzas Armadas.

 

Tercero, el gesto de Ruiz vino a confirmar que en el país hoy asistimos a un cambio cultural relevante en las relaciones interpersonales. Lenta pero inexorablemente, en el largo plazo, transitamos desde la homofobia hegemónica en el ayer hacia un mayor respeto a la diversidad de géneros, de culturas y sexual, como es el caso en comento. Tal cambio cultural, sin duda, es revolucionario. Hasta hace pocas décadas, un gesto público así, amén de impensado, por lo menos habría sido severamente castigado.

 

Obviamente, aún persisten visiones machistas y homofóbicas. Pero éstas sólo participan en grupos aislados, a contracorriente de la sensibilidad que hoy anima mayoritariamente a las nuevas generaciones. Esa animosidad marginal, sin duda, alienta al diputado UDI, Ignacio Urrutia, cuando imagina a “batallones gays” capaces de cuestionar el mando, incentivar la indisciplina y la irresponsabilidad en las Fuerzas Armadas. Tal absurdo es propio de una mentalidad ramplona. La homofobia olvida que los hábitos de disciplina se forman en el hogar y continúan en la escuela, y que son independientes de si una persona es o no homosexual.

En el cierre, parafraseo el ladino humor que me llegó vía e mail con posterioridad a la conferencia de prensa de Ruiz. El texto decía algo más o menos así: “diputado, no veo el problema con la aceptación de homosexuales en las instituciones armadas; en cambio, si es grave la eventual presencia de personas traicioneras, mentirosas, eso que vulgarmente y en tono ofensivo se nombra con el chilenismo de “maricones”, eso si que sería, y así lo demuestra la historia del país, un serio disgusto.”